LA IGLESIA COMPLICE Y LA IGLESIA DEL PUEBLO

Introducción de

"La Iglesia cómplice y la Iglesia del Pueblo"



El 14 de agosto de 1996 se cumplen 20 años del asesinato del Obispo de La Rioja, Monseñor Enrique Angelelli. Comprometido con los pobres, enfrentado con los poderosos, Angelelli sufrió un supuesto "accidentente" de automóvil, y durante muchos años así se calificó su asesinato.

A través de la historia muchos movimientos dentro de la Iglesia Católica pretendieron que ésta regresara a los contenidos del Evangelio, y asumiera su compromiso con los desprotegidos, los desheredados, los perseguidos. Una Iglesia que había basado su poder en la convivencia con el poder temporal y en "Guerras Santas", y que había llevado a cabo persecuciones disfrazadas contra la "herejía" a través de la Santa Inquisición y, en nombre de la "evangelización" el genocidio de 90 millones de hermanos indígenas en América. Estos movimientos renovadores fracasaron siempre y la Iglesia Católica sigue siendo, a través de su jerarquía, aliada de las estructuras políticas, económicas y militares dominantes. Con el Concilio Vaticano 2° y la Encíclica Populorum Progresio se intentó dejar de lado la doctrina tradicional de la Iglesia, y se originó un movimiento llamado de la "Iglesia del tercer mundo". A él adscribieron muchos sacerdotes y obispos en América Latina. La mayoría de ellos, como Mons. Angelelli, fueron víctimas de una estructura que no admitía cuestionamientos ni cambios, y marginados de la Iglesia tradicional, que los había tolerado mientras no fueron "peligrosos" para el sistema. Y, como tantos otros considerados "subversivos", asesinados, desaparecidos y/o encarcelados.

En Argentina, particularmente, la Iglesia Católica fue cómplice de la represión, a través de su adhesión a la Dictadura Militar instaurada el 24 de marzo de 1976. Sus integrantes invocaron en todo momento su condición de cristianos y su fe católica, y el silencio o el apoyo manifiesto de la jerarquía católica legitimó esa condición y el accionar de las Fuerzas Armadas.

Sólo en un débil intento, a través de una carta a Videla dada a conocer públicamente (19 de julio de 1976), el Episcopado le pregunta "qué fuerzas tan poderosas son las que con toda impunidad y con todo anonimato pueden obrar a su arbitrio en medio de nuestra sociedad", como si no supiera que esas "fuerzas poderosas" estaban al mando del destinatario de su mensaje. Esa carta no obtuvo respuesta y a partir de allí la Iglesia dejó en manos del Terrorismo de Estado y en la más absoluta desprotección a miles de víctimas que sufrieron la muerte, la desaparición, la cárcel y el exilio. En 1979 la Comisión Permanente, dice "todavía subsiste el problema de personas desaparecidas, sea por 'la subversión' o por la represión, o también por 'libre determinación'", apuntalando la tesis militar y falseando la verdad, ya que no hubo desaparecidos por la subversión o por libre determinación. También ignoró y desprotegió a su grey, a sus obispos, sacerdotes, religiosas, por los que nunca reclamó ni realizó denuncias.

Aunque no podemos asegurarlo, creemos decididamente que una actitud distinta podría haber cambiado el destino de tantas víctimas. Un intento de "parar la represión" (como dijera Mons. Romero en El Salvador) era la obligación de la Iglesia Católica, y su inexistencia la ha hecho cómplice de las atrocidades cometidas.

A continuación transcribimos citas fehacientes, con fecha y lugar de publicación, de declaraciones de dignatarios de la Iglesia, y de la Conferencia Episcopal, realizadas durante la dictadura militar y con posterioridad. Ellas son por sí la prueba de nuestras apreciaciones.


Digitalizado y editado por el Equipo Nizkor en Madrid a 20 de julio de 1997, del folleto editado en Buenos Aires en 1996 y titulado "La Iglesia cómplice y la Iglesia del Pueblo" por organismos de Derechos Humanos.
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